miércoles, diciembre 31, 2008

Involuciones y pitufinas

Ella siempre soñó con el Príncipe Azul. Sabía que algún día él vendría a rescatarla y a mostrarle un mundo mágico, con castillos de rubí, senderos de esmeralda y nubes de algodón.

Ella siempre pensó que iba a encontrar a aquél, a ése que la iba a despertar con el desayuno y a dormir con caricias.

Un día pasó: se le apareció. No fue exactamente en un carruaje tirado por dos corceles. Fue en un auto importado con muchos más caballos de fuerza. No la llevó a una recepción en su castillo, sino a un lugar elegante, paquete, con sobreprecios. Ella tuvo que consumir alimentos que no le gustaron, pero que no podía rechazar porque era de mal gusto. En una Embajada o en una recepción de hotel aprendió francés.

El viajaba mucho. La llamaba diariamente para saber cómo estaba. Mientras más días estaba afuera, más y más la llamaba. Le molestaba dejarla sola. En realidad temía que ella lo estuviera engañando, lo que habría sido más justo si nos basamos en la ley del Talión ("ojo por ojo, diente por diente").

Ella se dedicaba a hacer pilates, yoga y a arreglar su cuerpo para cuando él estuviera de vuelta. Incluso, cuando se creyó vieja, se sometió a cirugías innecesarias. Siempre estaba cultivando su cuerpo para él, su príncipe azul.

Llegaron los hijos. El era distante con ellos, pero era buen padre. Sólo se acercaba cuando era necesario, y le daba muestras de cariño a través de objetos. La menor era especialmente inteligente, y se daba cuenta de cómo eran las cosas. Las discusiones entre sus padres le afectaban profundamente.

Una vez intervino en una ligera y tonta pero recurrente discusión, y sus padres se dieron cuenta de cómo influía esto en la salud de sus hijos. Desde entonces sólo pelearon en secreto, lo que sólo aumentó la obviedad de los conflictos.

Su relación había terminado mucho antes de la separación efectiva. Abogados no hicieron falta. Ella se quedó con los chicos y la mayoría de sus bienes, incluyendo las siliconas que no podía devolver por cuestiones obvias.

El, sin bienes personales se fue a vivir con una se sus amantes y decidió reconstruir su vida. Por alguna razón, su nuevo amor terminó siendo estéticamente muy parecida a su ex.

Ella no pudo reconstruir nada, ni siquiera su cara. Deformada, con secuelas del exceso de cama solar, dos hijos y treinta años tirados a la basura maldijo a los hermanos Grimm: su príncipe azul se había convertido en sapo.

Yo quería un pokémon