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Veda política. No se puede hablar de los candidatos. Sin embargo, ante la indecisión general y la falta de representatividad, siempre estamos los que decidimos votar en blanco, votar una feta de salame, un preservativo o ni siquiera ir.
Esta Democracia sumamente imperfecta es algo que nos costó mucho obtener. En lo personal, yo nací una vez instalada la misma, lo que marca mi total desconocimiento de lo anterior. En 1983 ganó la democracia: Argentina tenía sueños, ilusiones, esperanzas. Esto se reflejó en la cercana muerte de Raúl Alfonsín: nadie lo habría votado en estas elecciones, pero muchos de nosotros fuimos a "despedirlo". Su figura encarnó la democracia, pasó a ser un ícono, un símbolo.
Esto me hace recordar la frase "Con la Democracia se come, con la Democracia se educa, con la Democracia se cura" que dijo en su asunción: eran otras épocas. Tal vez se lo puede asociar con las viejas utopías, hoy, muertas: el Comunismo, el Anarquismo, o, incluso, lo que se siente al enamorarse, el hecho de tener algo por qué luchar, un camino a seguir.
Desde 1983 quedó demostrado que nada de eso se cumplió. En 2001 pedimos que se fueran todos y todos se quedaron. Es lógico que nosotros no sintamos esa algarabía por la participación política que se dio en ese entonces: estamos totalmente desmotivados, descreídos, desilusionados.
Sin embargo, la Democracia es el sistema más perfecto que se conoce, y sería escupir al cielo no rendirle homenaje. Aunque tengamos que votar al peor de los males, al menos peor, aunque no nos guste "elegir al que nos va a cagar", es una obligación no sólo legal, sino también moral, hacerse cargo de la participación cívica.
De últimas, ante la falta de representatividad, sólo hay que participar: ¿quién mejor para representarme que yo mismo?
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La Democracia no es sólo un sistema político. Es una forma de vida. Hasta en el más duro régimen puede haber situaciones democráticas. No todo es vertical. Las relaciones horizontales siguen existiendo aún en sociedades hipercontroladas por el estado: si me junto con un amigo en la Alemania del Tercer Reich a dialogar sobre cualquier cosa, estoy en una situación democrática, de iguales. Incluso le puedo contar que Hitler me cae mal: "el pelotudo ese, con el bigotito..."
Asimismo, si la abuela le da a su nieto una orden, no hay posibilidad de diálogo: se está en una situación totalmente vertical.
La democracia es eso: diálogo. Por eso existe el Parlamento. Hoy en día las cosas no se discuten; simplemente se levanta la mano y se aprueba o desaprueba.
Sin embargo, a veces pasa que el debate deja de ser debate y pasa a ser combate. La gente se "bate" a duelo verbalmente. A nadie le importa lo que piense el otro, sino que se busca convencerlo de lo propio. No hay diálogo allí.
La sociología terminó influyendo a lingüistas en el concepto de que todo enunciado es respuesta a otro enunciado anterior, y que el mismo busca motivar una acción en el otro. Esto nos hace especular sobre todo, sobre si realmente toda relación humana es una relación de poder o no.
Aquí entra en juego la retórica: tratar de convencer a alguien de que haga algo, adornar un discurso para que el otro haga lo que uno quiere. Esto es muy triste verlo en relaciones horizontales, discursos supuestamente desinteresados, entre amigos.
Mi abuelo me decía "traete una soda", mientras que otro podría decir "¿traerías una soda?", y al fin y al cabo es lo mismo. La amabilidad existe, aunque, tal vez, también tiene que ver con el poder.
Por suerte existe la amabilidad que, como todo instrumento de poder, puede ser desinteresada.
Se puede sospechar de toda virtud, de todo valor, sí. Pero, por suerte, no siempre acertamos cuando pensamos que las personas sospechosamente bellas buscan un efecto en un tercero: hasta hay gente que no tiene la culpa de ser generosa. No todo está motivado por un fin.
De acá se desprende la idea del Tío Ben: "Un gran poder va acompañado de una gran responsabilidad."
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Por suerte existe el diálogo desinteresado, en el que dos o más se ponen a tomar mate y a charlar sobre su vida. Eso se da en situaciones democráticas, de iguales. Sin embargo, el diálogo verdadero no es a lo que estamos acostumbrados.
Una profesora se explayó al respecto en una clase hace unos meses: el diálogo no es un mero intercambio de información. El diálogo va más allá: el diálogo necesita entendimiento, requiere de una postura propia abierta al cambio. Uno no dialoga con cualquiera. Uno elige con quién hacerlo. Dialogar implica estar dispuesto a recibir lo que el otro tiene para ofrecerme: la persona no es la misma antes y después del diálogo. Un buen diálogo nos llega al alma, nos toca, nos conmueve de alguna forma. Genera un cambio.
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Esta forma de comunicación, casi la única real, se da con casi nadie. No nos dejamos tocar por mucha gente. Tal vez eso sea el amor: una comunicación de iguales dispuestos a cambiar y ser cambiados. Cuando alguien te llega al fondo del corazón, te transfiguró. De ahí no hay vuelta atrás.
El Amor es conexión. Conectarse con la otra persona, "LA persona" es mucho más importante que cualquier otra cosa. Todos los diálogos que se dan a partir del quite de armadura son maravillosos. Escuchar lo que sale de un fondo de alma para terminar en otro es algo impagable. La comodidad que se siente al hablar sin escrúpulos de ningún tipo es la mejor sensación de la tierra. El Amor es comodidad.
Tal vez por eso se le entrega el corazón a la otra persona, por la confianza que nos genera, que siempre es recíproca. El Amor es confianza.
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También está el amor por los amigos, los familiares. Las charlas de padre a hijo generalmente no sirven para nada. Sí puede llegar a servir una conversación casual motivada por uno, que ahora sí está realmente dispuesto a abrirse y escuchar lo que la experiencia ajena tiene para contarle.
Por eso uno escucha a los amigos. Por eso "te cae la ficha" cuando esa persona te dice la verdad, la que no querés ver. Nuestros seres queridos pueden llegar a emocionarnos mucho cuando uno está dispuesto a ser emocionado, cuando dialoga desnudo, desde el corazón.
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En este momento todos nos estamos planteando con quién dialogamos por última vez, y con quién no. Muchas veces uno tiene conversaciones superficiales aparentemente profundas, de las que uno no está dispuesto a llevarse nada. El amor fracasa inevitablemente cuando uno no se deja llevar. Las relaciones en las que uno no se predispone están condenadas al olvido.
La apertura de corazón es un derecho exclusivísimo. No es malo que así sea. Es lo que nos permite realmente conocer a los demás.



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El texto es de las últimas elecciones, del 2009.
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