Muchas veces tememos por él. El nihilismo, la nada, y todas esas posturas que lo fundamentan están a la vuelta de la esquina y surgen ante cada desamor, desilusión o fracaso.
Siempre tenemos que tener en cuenta que es muy probable que seamos simplemente nada. Tal vez no todos nosotros, pero muchos de nosotros sí. Algunos no tienen motivaciones, no las encuentran en nada tras largas búsquedas, y están condenados a morir tras un tránsito estéril, artificial, una estadía totalmente desértica en esta vida.
La pregunta es ¿por qué no lo hacen? En una canción, Joaquín Sabina se proclama "torpe como un suicida sin vocación". ¿Cómo puede un suicida no tener vocación? ¿Existe el "no poder suicidarse" o es un último intento para vivir? ¿El suicidio es un acto de cobardía o de valentía? ¿Qué mantiene vivos a los suicidas?
Son preguntas que uno nunca podría terminar de responder. Si te vas a suicidar: primero, está seguro. Segundo, no molestes a nadie: tirarse abajo de un tren interrumpe el tránsito. Y tercero: por favor, no te arrepientas. Ah, y cuarto y más importante: no sobrevivas.
Es feo tener segundas oportunidades, más cuando ya tenés todo perdido. Imaginemos una persona sumamente infeliz, sin ningún tipo de bien ni voluntad. Decide suicidarse y hace la clásica tarjetita de "Sr. Juez" de las historietas. Se pega un tiro y sobrevive. Se pega dos más y sobrevive hasta que se queda sin balas. Desangrándose, piensa "ni esto me sale bien".
Sobrevive y se tira por la ventana del hospital. Su familia tendrá que pagar su velorio, se llenarán de culpas, y lo peor de todo: los empleados de limpieza del hospital tendrán que sacar la mancha roja.
Morir no es para cualquiera. Vivir, tampoco. A veces es mucho mejor morir joven que sufrir la decrepitud del cuerpo: pañales, falta de motricidad, pérdida de toda facultad nerviosa, perdurabilidad en la memoria como anciano (no como Domingo Savio, James Dean, Mirko Saric...)
Hoy en día podría ser un castigo vivir. Más allá de casos extremos, como la frontera israelí-palestina, los campos de concentración o la corrupción de menores en minas de carbón, nada nos garantiza felicidad. Vivir en la infelicidad es algo que no se sufre sólo en situaciones extremas.
La pregunta es si vale la pena vivir en un mundo que no vive en uno. Más allá de eso, el temor por un castigo divino posterior está latente. Obvio: si te suicidás, te vas al infierno, porque estás matando a alguien. Efectivamente, creo que el principio de todo pecado es la destrucción propia, más que la ajena, pero por un mecanismo más complicado que el simple "no hay peor pecado que el que se comete contra uno mismo".
Dicen que si te matás, en tu próxima vida vivís los años que te faltaban vivir en esta. Sería negocio si pensamos que, tal vez, nuestra vida sea mucho más feliz que esta, en la que, después de todo, nos estamos matando.
Tal vez, justamente, la infelicidad en la vida del suicida sea el propio castigo al suicidio si dejamos de pensar en un tiempo lineal: como me voy a suicidar, estoy pagando por ello.
Uno nunca sabe hasta que sabe. Lo cierto es que el suicidio es una decisión personal, pero afecta a muchos. No es malo ser egoísta a veces.



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