No lo esperaba. Yo venía de un pésimo día: las avispas me habían comido, lo que en una persona alérgica, es especialmente molesto.
Gendarmería nos acababa de detener sin razón alguna, y por culpa de un pelele que conocimos ahí, que tenía una sustancia ilegal, casi nos apresan a todos.
Por suerte la zafamos, pero sólo con la ley, pues la moral siempre nos está encima molestando y estorbando. Algunos, lamentablemente, no tenemos la ética premiadora, sino sólo la represora, la del NO, la que sólo castiga.
Pero todo eso había pasado para cuando volvimos al campamento. Éramos 4: Laura, Agustina, Micky y yo. Era muy obvio que Micky le tenía ganas a Agustina y viceversa. Todo era obvio en ese momento.
Laura y yo nos mirábamos cómplicemente cada vez que se producía un silencio entre ellos, como los tontos que ya vieron la película y tratan de disimularlo.
Nuestros ojos (tan hermosos) se entrecruzaron y no pudieron disimular que algo pasaba. Ella me miraba con sus piedras preciosas y yo no podía pensar en otra cosa más que en esas dos bolitas de lapislázuli apuntándome, atosigándome, persiguiéndome.
Del mismo modo, ella no pudo evitar asociar mis globos oculares negros con el cielo, la profundidad del mar y la eternidad del amor. Así empezó todo.
Por culpa de estos dos tontos cuya química duró hasta que se les cayeron las caretas nosotros descubrimos que nos amaríamos desde y hasta siempre.
Agustina y Micky eran tontos, o no, pero no importa. Para esta historia sólo eran personas que pensaron que se podían llegar a amar basándose en cosas ajenas al amor mismo. Por suerte, Lau y yo corrimos un destino diferente.
Al principio no nos pasó nada. Nada de nada. No formalmente, pero yo siempre lo supe, sólo que me di cuenta de ello muchísimo tiempo después. Ella nunca me lo creyó hasta que se lo dije sinceramente.
Esa noche fue incómoda para nosotros dos: los besos de nuestros amigos nos perseguían, resonaban e invadían. Laura dudó si irnos para no estorbarlos, pero yo siempre supe que era mejor hacernos los sonsos respecto de muchas cosas para pasar desapercibidos sin que los intimantes se preocuparan por los terceros (y cuartos, si se quiere), ajenos.
Para enorgullecerme, debo decir que nunca los incomodamos. Es más: hasta les hicimos un favor en determinado momento.
Así, ellos pudieron amarse eternamente por un tiempo limitado.
Nosotros comenzamos a amarnos (gracias a ellos) algún tiempo después, pero sin su consentimiento, testificación ni presencia. Nos amamos porque quisimos: porque, al fin de cuentas, nos amábamos.
El detonante, la chispa, el impulso, pudo haber sido esa noche, no hay por qué negarlo: éramos 4, dos de los cuales estaban destinados a estar juntos. Los otros dos nos teníamos que mirar las caras y hacer tiempo para segundear a los primeros.
A la distancia uno se pone a pensar y recuerda indicios, semillas del amor que fueron sucediéndose. Es inolvidable el momento del ataque del perro salvaje: acabábamos de pasar por el cementerio de la ciudad, evento que no es muy agradable en ningún lugar, menos una noche de luna llena, sin luz artificial, en el medio de la nada. Para colmo, nuestro sentido de orientación no era el mejor.
Uno hombre nos siguió por cuatro cuadras silbando, hasta que desapareció en la noche. Ésa fue una de las primeras pistas de que esa noche podía pasar cualquier cosa en cuanto a sorpresas.
Después nos atacaron los perros, los cuales sólo estaban dispuestos a proteger su propiedad. Agus y Micky comenzaron a correr y nosotros tuvimos que hacer lo mismo. Yo traté de hacerles entender que si corrían, iba a ser peor, pero ya era tarde.
Ninguno se animó a mirar para atrás, pero los ladridos se perdieron en la noche y sólo nos iluminaba la luna, que estaba tan radiante y luminescente que proyectaba una sombra muy negra. Se veía mucho, pero ya estábamos atemorizándonos.
Laura me agarró la mano por miedo, y yo lo hice por razones no muy diferentes. Caminamos diez cuadras de memoria guiados sólo por las referencias ambiguas de las reminiscencias de Micky.
Llegamos al campamento y Micky recibió su recompensa, premio o lo que fuere: Agus lo besó como se debe besar. Yo miré a la otra chica y me desilusioné al confirmar la certeza de que nunca iba a ser besado de esa forma; al menos no esa noche.
(Por suerte, Laura y yo no sabemos fingir que estamos enamorados.)



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