Me gustaría decir que no, que no siento nada. Me encantaría afirmar que todo esto es casualidad, capricho, azar.
Ojalá sepas no saber que esto es para vos. Ojalá olvides el concepto freudiano de catarsis y su implicaciones arcaicas.
Concretizando mis pensamientos, puedo decir que mi autobiografía está latente, es horrible y autodestructiva, persecutoria.
Noches sin dormir, días monotematizados, ideas explosivas y sentimientos implosivos.
Ella (o sea, vos) sabe qué quiero decir con todo esto. Ella sabe qué no quiero decir, qué aberraciones aberrantes oculto; y cuáles no guardo.
Lo cierto es que aquí estoy, racionalizando mis sentimientos una vez más; buscando una explicación para esto que me carcome día a día.
Ella sabe que es así y no hace nada para evitarlo. Incluso lo estimula, hacíéndome caer hasta la destrucción total de todo lo conocido, o, al menos, lo instintivamente conservable.
Mi vida es sólo esto: palabras. Palabars vacías, ideas inconclusas, silencios expectantes.
Debo agregar que no necesariamente se sufre. La vida pasa por esto, por lo que se poetice, por la inspiración, lo lírico. En última instancia, la vida son sentimientos, momentos fuertes.
No se puede renegar de ello, del eco que hacen en la escritura, conciente o no. Algunos justificarán todo biográficamente, le atribuirán todo a una mujer hermosa, a la musa, incluso a Dios, o la forma en la que éste se manifieste en mí.
Otros sólo apelarán a esconderse, a la poesía de escape, al "porque no", en lugar del "porque sí", siempre intentando justificar los textos, las acciones, lo injustificable.
Lo cierto es que nunca escribo desde el fondo, nunca expreso sentimientos negativos, temas eternamente presentes en mi vida, cosas de las que me avergüenzo. Incluso, si lo hago, no me enorgullezco de la producción, la cual, curiosamente, muchas veces es hermosa, y alguna vez fue muy elogiada.
No hay preguntas reales para hacerse. Toda escuela probablemente tenga aspectos que se escapen; toda Poética sea sólo eso, una escuela, un ridículo grupo de tontos que religiosamente aplican sus métodos, vocabulario y demás, no ya con la intención de lograr resultados puntuales, sino de justificarse a sí mismos, su vida, su historia, su existencia, a la cual no se le puede amputar este academicismo exageradísimo.
Por lo pronto, yo seguiré escribiendo, seguiré siendo ese ser oximorónico inefable: tonto inteligente, idealista de pies en tierra, mentiroso sincero y poeta racional.
La inspiración, al menos en mí, estará siempre; y sobre la poesía no me pronuncio porque ya lo hizo Gustavo Adolfo.



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