Ella me mira y levanta la ceja. No entiende lo que le acabo de decir, o al menos ella quiere hacerme entender eso.
Ella piensa que yo no sé que ella sabe lo que yo creo que sé que sabe. Pero yo sé que ella sabe, y ella sabe que sabe, y se hace la que no.
En realidad, no sé si sabe.
Siempre dice que no entiende nada, pero es porque no quiere entenderlo: entiende perfectamente todo, sólo que se hace la tonta porque cree que le conviene.
No sabe lo que le conviene, preo eso cree. Es chica, y esa ceja levantada muestra que cree que puede jugar conmigo. Y puede, porque yo me entrego al instante, cambio, desciendo hacia lo más profundo de mi ser y hablo desde adentro, a veces impacientemente, tratando de llenar un silencio que no necesariamente representa el vacío.
Y esa ceja sigue ahí. Pasó sólo una milésima de segundo y yo ya hice toda la reflexión sobre lo que podría pasar. O lo que pasa. Tengo que rellenar un silencio y la imito.
Ella toma conciencia y se hace la que no se puso nerviosa. Sonríe y cambia de tema, como si no le importara. Punto para mí.
Al día siguiente se repite el mismo mecanismo, el mismo reflejo. Dice que no me entiende. Eso piensa ella. Ella sabe que me entiende. No a mí; la situación, lo que pasa. Algo pasa.
Se queja de que no me entiende. Si no me seguís, no importa. Nunca me vas a entender del todo. Lo que diga no es lo importante, sino lo que pase más allá de las palabras, la ceja, el perfume, las miradas...
¡Qué mirada! Potente, segura, desafiante, como la de un animal dueño de su territorio. Esos ojos casi miel, redondos, firmes, a veces ojerosos...
Me miran. Me derriten. Me derrito. Me vencen. Ella lo sabe. Miro para otro lado, avergonzado.
Ella sabe que ganó, pero no sabe que no estábamos jugando a nada, que nuestro juego es otro; que ya ganamos los dos.



0 retroalimentaciones, feedbacks o RSVP:
Publicar un comentario