sábado, junio 19, 2010

Primer Congreso sobre el Amor

Las actas datan de una reunión multidisciplinaria con un único tema a discutir: el amor. Cuándo nace, qué significa, si existe o no, y demás dudas existenciales para gente tonta que intenta explicar lo inexplicable, lo que, finalmente, es lo mejor de la vida.

Primero fue el turno de un graduado de Ciencias Económicas (las cuales, después de todo, son ciencias sociales). Un señor con mucho dinero, buena presencia y buena raza.

Muchos sostienen que ya lo habían visto en una publicidad de un servidor de internet. Mostró gráficos, funciones y presentó balances.

Expresó, con un vocabulario objetablemente pobre, que el amor es una construcción, y que días como San Valentín y aniversarios son positivos para nuestras vidas, ya que aumentan el consumo, la producción y "mejoran la calidad de los productos porque compiten entre sí".

Más tarde, hasta intentó venderle cosas al público. Quedó totalmente desautorizado tras haber citado una canción de Madonna.

Luego fue el turno de un sacerdote, que sólo habló de Dios, quien creó todo, incluso el amor. Habló del Cantar de los Cantares, de Salomón y Sulamita.

Fue refutado más tarde por un empleado que limpiaba el baño, quien dijo, en un lenguaje casi tan precario como el del economista, que lo mejor del amor era pecar.

Más tarde apareció un abogado, quien habló del matrimonio, los contratos (como el que se hacía entre el esposo y el padre de la esposa en la antigüedad), la inexistencia del amor como prueba de juicio, y la justificación del divorcio. Nunca negó que el amor fuera una construcción.

De todos los exponentes, se puede decir que éste último era quién mejor se expresaba: manejaba todos los recursos retóricos; incluso era capaz de gritar, injuriar, desautorizar y cerrar y abrir el canal de comunicación a su antojo para persuadir a la audiencia.

Algunos no quisieron hacerle caso sólo porque era abogado. Analizando su discurso, se puede notar que no argumentó absolutamente nada con bases sólidas, pero muchas personas se fueron contentas con esta exposición.

Durante el receso del almuerzo, el graduado de Ciencias Económicas se burló del gusto de otro por creer en el valor afectivo, mientras los científicos presentes le planteaban preguntas de fe al sacerdote, quien, obviamente, no pudo refutar ni ser refutado, ya que la disputa se realizaba en paradigmas diferentes.

Luego de estos episodios, habló un filósofo, quien acaso fuera realmente el único intelectual presente. Muy poca gente entendió su explicación, en la que citó a más de 30 autores, algunos presocráticos desconocidos, y, algunos neoplatónicos interesantes.

Algunos todavía están tratando de comprenderlo.

Llegó el turno de un neurólogo, quien habló de sinapsis y partes del cerebro; le dio un lugar físico al amor: un área específica del cerebro. Obviamente, no hablaba del amor en tanto interacción, sino como algo unipersonal, como si no fuera necesaria una interacción para alcanzarlo.

Al terminar este discurso, otro científico tomó la palabra. Era un biólogo. Nos habló de feromonas, y de las teorías sobre su supuesta inexistencia en la especie humana. Para él, el amor eran gases liberados al aire.

Un bioquímico se explayó sobre la segregación de enzimas y las recompensas dadas por los centros del placer, reduciendo todo a líquidos e interacciones quiímicas.

Más tarde, un sociólogo marxista anunció la inexistencia del amor, adjudicándole detrás una superestructura que reproduce la clase dominante. El amor era una opiácea más, mucho más efectiva que la religión.

Lo tuvieron que desalojar, pero sus ideas quedaron flotando en el aire. Por lo menos cinco participantes perdieron la inocencia y comenzaron a plantearse sus vidas por primera vez. ¡La vida había sido tan fácil hasta ese entonces...!

A la vuelta de un segundo receso, un filósofo planteó otras formas de amor más allá de la conocida y leyó en público "El Banquete". Acompañantes del sacerdote fanático del Cantar de los Cantares se indignaron y se fueron. El sacerdote no se sintió ofendido, como sí lo hicieron sus papísimos papistas.

La zoofilia no estaba incluída en el programa, pero era un buen momento para incluirla, ya que los moralistas habíanse retirado para este entonces. Esto no sucedió, pero una psicoanalista habló del incesto. Expresó que el amor se produce sólo hacia los padres, se aloja en el subconciente (lugar inexistente físicamente, al menos ante el planteo del neurólogo) y se reprime.

¡Una degeneradita la psicoanalista! Quienes tomaron literalmente lo que dijo quedaron shockeados, atemorizados de sus padres y de esto que nos domina: el subconciente.

Así, con ideas totalmente diferentes y sin poder explicar nada más, se reunieron los organizadores y llegaron a la conclusión de que no tenía sentido intentar explicar las cosas sin vivirlas: cada uno sabe exactamente qué es el amor cuando lo siente. Nunca se puede llegar a saber si se está realmente enamorado, pero, tal vez, el amor sea sólo eso: creer que se está enamorado. Tal vez no exista fuera de nosotros, fuera de una persona, fuera de la intimidad de la pareja (e incluso dentro de ella.)

Para las personas excesivamente racionalistas, el amor, la quiniela, la religión y la locura no tienen sentido.

Todos los asistentes al Congreso creyeron haber estado enamorados alguna vez. De hecho, sus enamorados/as no necesariamente tenían conocimiento de su asistencia al Congreso. Algunas/os no tenían siquiera conocimiento de su existencia.

Las conclusiones dejaron descontentos a todos, que no se conformaban con creer algo, sino que querían que sus certezas fueran afirmadas por otros, incluso mediante medios violentos. Algunas sillas fueron revoleadas y el saldo fue de cuatro personas internadas, quienes no tuvieron daños mayores.

Una vez restablecido el orden, sólo quedaron personas arriesgadas, dispuestas a alterar su esquema de conocimiento, aunque más no fuera por tener las defensas bajas.

Quien cerró el Congreso fue una poetisa.

Su poema hizo llorar a dos; otros cuatro quedaron nostálgicos, y el resto de las personas presentes salieron corriendo a comprar su libro, sólo para dejarlo de adorno en la biblioteca.

Sus poemas trataban sobre el amor, no el Amor en sí, ya que es incognosible. Hablaba del amor en tanto experiencias, la imposibilidad de su concreción, el big bang del orgasmo, la destrucción de todo lo conocido, las dudas e inseguridades hermosas que genera.

También leyó versos sobre los ojos, la interacción, la química, la inmortalidad, la conexión con lo divino, los estados de locura, la cobardía de los infelices y la infelicidad de los cobardes.

En las actas del congreso no figuran estos poemas, y, probablemente, tampoco puedan ser reconstruídos. No obstante, no estaría mal intentarlo. Es una tarea difícil, pero realmente vale la pena... Si no, tendré que escribir otros poemas... Pero con contenido similar.

Esta idea la hago extensible a todos: escribamos un poema; o, mejor aún, vivámoslo.

Mientras, que los escépticos sigan perdiendo el tiempo.

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