sábado, junio 19, 2010

¿Primero hay que saber sufrir?

Hay momentos en los que solo no se puede salir del pozoooooooooooooooooo.

Uno cae, tal vez sin darse cuenta. La vida lo lleva a uno a la perdición, a la adicción a cosas que no tienen sentido, a la droga del proveedor que primero nos la regala y después nos la vende por moneditas; que nunca nos da lo suficiente, y siempre está ahí, al acecho, esperando que nos agarre abstinencia y volver a aprovecharse de nosotros, sacarnos todo, como dice el tango preferido del General.

Por suerte no todo el mundo es así. Hay que saber darse cuenta a tiempo. Uno espera, espera y espera. El tiempo pasa y en un segundo... ¡Zas! Aparece alguien que tiene una droga mejor.

Este producto nos sacude desde adentro, nos hace sonreír y nos deja extasiado por horas. Ya vendrán los racionalistas de siempre a hablar de hormonas, enzimas y demás. Allá ellos.

Las personas adictivas nunca van a dejar de serlo: el gimnasio, la comida, el alcohol, los cigarrillos, el sexo... Siempre se va a depender de algo. La solución está en cambiar el objeto del deseo (hagamos de cuenta de que seguimos hablando de drogas) por otro diferente, más sano.

A veces sucede eso: simplemente cambiamos. Tal vez Freud tiene razón y sólo proyectamos cosas en los objetos que son nuestras, por lo que no sería tan difícil seguir sintiendo lo mismo hacia otra persona. De esto se desprende que todos los amores son uno, pero eso lo analizaremos en otro momento.

Lo cierto es que estar enamorado es simplemente creérselo: el tiempo del amor es el presente.

A veces uno está en el pozo, y no puede salir de ese mundo abisal ni con la luz de las noctilucas. La presión nos destruye, la falta de oxígeno nos deja azules; incluso, algunos empiezan a ver arcoiris de colores, dudando sobre su verdadera identidad, si no se equivocó todo este tiempo.

No hay que dejar que la droga nos haga dudar sobre nosotros; sólo debemos dudar sobre nuestra relación con ella.

Aquí aparecen las energías, la donna angelicata de cor gentil, la reencarnación de María (como simbolismo crisitano), que nos va a llevar por el camino del buen pecado.

Igual, ésta nunca se llama María, sino que tiene nombres comunes como Cecilia, Agustina o Laura (aunque este último es mejor obviarlo, hipotextualmente hablando.)

Esta chica, que no es ni diosa, ni dealer, tiene la capacidad de sacarnos, de salvarnos del pozo. Tal vez hasta sea chueca, bizca y tenga complejos por las cosas más ridículas. Pero a nosotros no nos importa nada de eso. Ella nos va a salvar, nos va a mostrar lo bueno de la vida, nos va a romper la cabeza para bien, va a cambiarnos el paradigma de todo lo que creíamos bueno y malo.

Y lo mejor de todo es que es gratis, sin la necesidad de saber si mañana va a estar presente o no, si no se va a ir con algún gil, si nos va a romper el corazón, a llevarnos hasta el amor, a irse sin que el sol la vea, sin que Dios esté presente.

¿Cómo hace el tanguero sufrido, dependiente y resentido para volver a amar? Simplemente amando. Amando se reama.

Antes de conocerte, cuando una mina me afilaba, me paraba al lado del botón. Ya no hago eso.

Ella dirá lo mismo de uno: que la salvó, que estaba dispuesta a desgarrar a quien le quitara los miedos de donde estaban guardados, que al fin y al cabo, uno no los puso ahí.

Sin embargo, un día, sin darse cuenta, las cosas cambiaron.

Y yo también la salvé.

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