Lo mejor de la vida está en las cosas simples.
El día de mañana no voy a recordar la muerte de un ser querido, sino nuestro tiempo juntos. El día de nuestra boda no será tan importante como la primera mirada. La mejor relación sexual será sólo anecdótica, pero la más profunda será contada con lágrimas en los ojos. El nacimiento de un hijo es menos importante que la toma de conciencia de la paternidad.
Lo esencial es invisible a los ojos decía uno; otro sostenía que no toda refracción luminosa es oro, aunque algunos bichos usen su bioluminiscencia como carnada.
Hoy fue día de semana. Yo estaba molesto porque había tenido un pésimo día en el trabajo: me peleé con todos, se revoleó mi nombre como culpable de una pelea interna, se me acusó falsamente sólo por estar en el lugar y momento equivocados.
Después tuve que desordenar, ordenar y reordenar toda mi casa, porque están pintando. Dormí (mal) la siesta en el living con el ruido del taladro-percutor taladrándome la cabeza. Se me cortó la luz más tarde-noche.
Gasté mi última línea de batería en el celular para llamarla. Salimos.
Fuimos a ver a una prima mía que cantaba en su banda. Por alguna razón, ella trató de caerle bien a mi prima, lo que me molestó muchísimo, porque odio a la gente que hace eso, y me odio a mí mismo cuando lo hago, por dos razones interrelacionadas: no me sale (ni me va a salir), y no me gusta ni intentarlo, ya que tampoco me gusta que me lo hagan a mí.
Nos besamos entre canción y canción, pero, una vez terminado el show, nos fuimos. No quería verla a ella tratando forzosamente de darle una buena imagen a mi prima, producto del imaginario popular sobre parentescos cercanos.
Caminamos varias cuadras, desde el Obelisco hasta San Telmo. Sólo dejó de llover cuando empezó a lloviznar, y dejó de lloviznar para detenerse en un ojo de huracán húmedo y reanudar aleatoriamente la caída de agua.
Teníamos dos horas de sobra hasta el otro espectáculo musical, recomendado por un conocido de un conocido (pero recomendado al fin.)
Apurados no estábamos, y eso se notaba: los pasos de enamorados son discontinuos. Paramos en muchas esquinas para besarnos. Nos sonreíamos cómplicemente, sabiendo que nos íbamos a besar, siempre tomados de la mano.
Comimos por el Centro en un lugar poco higiénico. Shawarma de cordero y cerveza negra. Ella se burló de mí porque la última vez que habíamos hecho eso me había manchado con aceite una remera que quedó inutilizada.
Un transeúnte nos hizo un verso (verosímil para mí): le habían robado y necesitaba plata para volver... A Pilar. Me pidió $6,50 y yo le di sólo $5 en monedas.
Entre besos, lluvia, cartoneros, policías emponchados, turistas y bastante frío, llegamos a destino. Era un bar antiguo, con techos altos, piso de madera y calderas prendidas al máximo. Preguntamos por la banda y nos confirmaron que estábamos en el lugar correcto. Tomamos tres cervezas entre los dos y tiramos las cáscaras del maní al piso, porque supuestamente se podía.
Entre canción y canción repetimos el ritual del recital anterior. (No sólo) los besos eran cada vez más largos y mojados. La banda pasó. Después pasó otra, y creo que otra más. Una (no sé cuál) tocó un tema de Jorge Drexler, marcando un momento especial para mí.
Se hizo tarde, al menos para el mozo del bar, que nos hizo retirarnos a nosotros y a las otras 5 personas que quedaban. Eran alrededor de las 2.30, por lo que la noche era neonata. Ella pensaba volver a su casa más tarde, en taxi, pero yo sugerí hacerlo en ese momento, caminando, obviamente.
Ella accedió.
Fue ése el momento más importante de la noche. En ese momento me di cuenta de que ser feliz es demasiado fácil. Es simple y universal. La felicidad nos puede llegar a todos.
La vida son estos momentos. Estos estados emocionales valen toda una existencia de sufrimiento, el Infierno, el castigo prometéico. Dios te acaricia y te hace sentir vivo, te eleva. Te demuestra que la Vida no es simplemente respirar.
Sé que siempre voy a tener grabadas estas fotografías mentales. Nunca me voy a olvidar de esta noche, de sus besos, sus muecas, los agujeritos producto de su sonrisa, la flacura de sus brazos, las puteadas por las baldosas flojas, los truenos y sus sustos saltarines, sus abrazos miedositos...
Ser feliz está a la vuelta de la esquina, y es para cualquiera (hasta para vos.) Ser feliz es accesible y Universal. Eso sí: es importante relajarse y gozarlo, en lugar de sufrirlo o sentir culpa por ello: todos merecemos ser felices.
Yo estaba extasiado. La lluvia no nos detuvo nunca. Nunca hubo silencios incómodos. Sus ojos me protegían. Mi brazo en su cintura era lo más cálido para ella.
Tal vez cerremos los ojos al besar para irnos de este mundo, para Soñar. Apenas unas horas después, recuerdo esos momentos y no puedo evitar sonreír, y, al mismo tiempo, entrecerrar los ojos, pestañear suavemente y enternecerme.
Caminamos unas horas: debíamos ir desde San Telmo hasta Primera Junta, donde ella vive. Cerca de Plaza Once, flaqueamos y decidimos parar un colectivo en una esquina, sólo porque no queríamos mojarnos más. Éste paró, pero al subir, no teníamos monedas, por lo que bajamos nuevamente. El amabilísimo chofer de la línea 151 nos tocó bocina a los diez metros y nos ordenó que subiéramos. Nos llevó gratis hasta Almagro.
Las veinte cuadras restantes fueron iguales a las anteriores: nos sentimos protegidos, seguros, completos, cómodos, llenos, satisfechos, divinos, eternos, drogados, hipnotizados...
La dejé en la casa "temprano". Febo no llegó ni a asomar... ¡Por suerte era invierno! Me llevo mal con Febo a la hora de amar. No es un aliado.
Ella no quería irse y yo tampoco. Hablamos una hora, ya dentro del hall de su edificio. Le di un beso inolvidable y le metí la lengua hasta el fondo.
Había llegado muy tarde a su casa, pero no le importaba: quien ama no tiene tiempo, es eterno, no existe físicamente. El Amor nos hace inmortales.
Pasado mañana la veo de nuevo, pero no puedo esperar. Estoy contento. Es mejor escribir estas cosas en caliente antes de que se diluyan y se pierdan en el éter. Es obligación del artista compartir la consecuencia de su inspiración; guardársela es un acto de egoísmo. La Inspiración puede morir; la Poesía no... ¿O es al revés...?
¿El artista escribe para expiarse? Tal vez la catarsis como fuente del arte sólo funcione cuando la inspiración es producto de la tortura y el padecimiento: las cosas bellas de la vida también nos inspiran, pero no necesariamente desaparecen al ponerlas en acto.
Tal vez por ello sólo existe un único Dios, el Dios Bueno: el Amor es ilimitado, al igual que la felicidad. (Más allá de lo que nos quieran hacer creer los economistas) por robar un cachito de felicidad, no haremos infelices a otros: las Cosas Buenas no se parten, se comparten.
Ahora sí está amaneciendo y yo estoy muy cansado. Además no le quiero ver la cara a Febo...
Me voy a dormir... Aunque esta noche no necesito soñar.



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