lunes, agosto 02, 2010

Dimmer

Basta con prender las luces en cualquier lugar y observar cómo cambian las cosas. La luz del Sol destruye todas nuestras ilusiones. El Sol evidencia nuestra desnudez, como Adán al comer del Árbol del conocimiento del Bien y del Mal. Tal vez la Noche sea más parecida al Paraíso, y el Día sea el Castigo Divino.

Basta recorrer los lugares unas horas después para darse cuenta de que las cosas que pasan bajo la complicidad de la oscuridad no podrían pasar de Día.

A la Noche las cosas cambian: las flores se cierran, las estrellas brillan, la Luna nos oculta o delata. Los animales reptan, se abusan de su visión nocturna.

Los pensamientos son diferentes, dejamos de ser detallistas, las ambigüedades aparecen y el rocío nos moja sin que nos demos cuenta, nos penetra, y uno termina hasta enfermándose sin saber cómo.

No es casualidad que todos elijamos este momento del Día para realizar actos de los que mañana nos vamos a arrepentir. O tal vez sea la Noche la que nos elige, la que nos posee, se apropia de nuestros cuerpos y nos condena a satisfacer nuestros impulsos más aberrantes.

Llega un punto de la Noche, tal vez producto del cansancio, donde nos da todo lo mismo. Tal vez sólo queremos que termine. Nos dejamos ganar, morimos y caemos en un profundo sueño.

Hay cinco segundos en los que tenemos la mente en blanco; tal vez hasta ni sepamos dónde estamos. Luego todo vuelve, emergen las culpas y el orgullo personal.

¿Qué hicimos? Ya no importa. Lo hecho, hecho está.

Aceptar ver el amanecer con alguien es un acto hermoso. La salida del Sol nos da ese indicio del traspaso de un estado a otro, de lo dionisíaco a lo apolíneo. Este acto no significa el fin de la Noche. No necesariamente el amanecer es una extensión de la Noche anterior, sino que ya es parte del Día siguiente. Amanecer con alguien implica el desplazamiento de esa persona: desde el plano de los sueños y la confusión hasta la conciencia y el pensamiento.

Más allá de que se ha pasado toda la Noche con esa persona, lo que implica una permanencia física en el tiempo, de supuesta compañía o disfrute, compartir el amanecer con alguien, significa algún tipo de aceptación en el esquema de pensamiento propio.

Por eso los amores prohibidos no pueden consumarse durante el Día. Por eso existe el arrepentimiento posterior. Por eso con determinadas personas nos vemos sólo de Noche. Por eso las parejas eternamente infelices viven diurnamente: sólo hacen su vida conciente, pública, perfecta, esquematizada, programada.

Es horrible pelearnos por lo de anoche, es horrible reconciliarnos cada doce horas; es horrible aborrecer todo lo bueno que tenés mientras cenamos.

Por eso hay que aprovechar: no sé cuánto va a durar esta Noche. No sé si mañana vas a cumplir tus promesas. No importa si el Sol evapora nuestros sentimientos, porque cualquier Noche pueden volver a ser sólidos.

Los Amores Prohibidos pueden quedarse sólo en eso. El Sol no los ve, los niega, los tapa, los hace una sombra negra a contraluz. La luz encandila y juzga.

Los Eclipses no sólo vuelven locas a las mareas: juntar ambos hemisferios del cerebro es casi imposible. Estoy cada vez más cerca de justificar la existencia de una dualidad en cada uno de nosotros...

El Eclipse podría ser el Amor: la convergencia de la total plenitud, la convivencia de ambos en una Sola persona. No necesito satisfacer necesidades diferentes con personas diferentes, sino que tengo shampoo y crema enjuague en una misma persona: la persona con la que veo el atardecer y el amanecer.

El Amor es daltónico a la hora de ver el cielo.

Aprovechemos que está amaneciendo. Se me acaba el hechizo... Pero usando ese zapato de cristal me vas a poder encontrar otra Noche.

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