viernes, septiembre 03, 2010

Ídolos

Hay un momento en la vida de toda persona en la que quiere que se detenga el tiempo para siempre: las huídas, los amores fugaces pero significativos, los banquetes pantagruélicos, los arbolitos anti explosión de vejiga...

Es un segundo en el que Dios se nos cuela por los poros. Más si creemos, como uno, que la vida es más sufrimiento que placer. Cuántas veces creemos que el amor va a ser eterno; la siesta, los primeros besos, las complicidades, los dolores abdominales de irrisorias risas risueñas.

Llega un momento en que conocemos a nuestro ídolo. Puede ser un músico, un filósofo, una modelo, una prostituta, un deportista... Puede ser muchas cosas, y probablemente las sea. Más allá de cualquier patología, de las máscaras y la idealización, todos sabemos que esta persona es eso: una persona.

A veces creemos que nos va a saludar, que lo conocemos de toda la vida, que nos conoce, que sus canciones nos las dedicó a nosotros, que piensa en nosotros cuando compone, cuando tiene sexo, cuando juega, cuando resuelve ecuaciones matemáticas o inventa el alambre de púas.

No siempre sucede esto: la idealización nos pone en un lugar inferior. La persona que tenemos en frente, en tanto persona y no personaje, tiene los mismos deseos, aspiraciones, desamores y pormenores que cualquier hijo de vecino.

Son personas normales que, premio Nobel más, premio Nobel menos, respira, come y caga como cualquier cristiano. Tendríamos que romper con esto y saber que no son más que uno, ni tampoco menos.

En lo personal, y ya mirando a los ojos la foto de quien inspiró este texto, pienso que me encantaría conocerlo, su dulce voz, sus letras profundas, su música hermosa... Pero tal vez sea una persona sumamente desagradable. No creo que me hubiera gustado conocer a Maradona, Mozart, Poe, Buonarotti, ni a muchos otros.

Tal vez por eso el amor más perfecto es el que nunca se concreta.

0 retroalimentaciones, feedbacks o RSVP:

Yo quería un pokémon