Sonó la música de un cantante pop de la década de los '90s. Ella atendió. Le pidieron una oportunidad, una última chance, un esfuerzo para que reevaluara su situación. Ella siempre, de toda la vida, tuvo conocimiento sobre qué quería, a quién quería y cómo iba a ser su relación en ese momento: sus hijos, su suegra, su casita perfectamente decorada.
Igualmente, ella dijo que sí, accedió. Incluso sabiendo que la respuesta correcta era NO.
Se encontraron y él le dijo lo que sentía, cómo veía esta relación, vomitó palabras hasta el llanto, con el afán de quién ama. Siempre supo que ella le iba a decir que no, pero quien ama está alejado de esas estupideces.
Ella se conmovió con su llanto, y escuchó cada una de sus palabras. Las analizó detalladamente y le dijo que si la quería convencer tenía que esforzarse más: tenía hasta que nacer de nuevo. Y ella también.
A él no le importó quedar como un tonto y chocarse contra un muro: quien ama no tiene dignidad. Quien ama ya es tonto. Quien ama no tiene tiempo ni estructuras mentales sólidas, ni objetividad para absolutamente nada.
Ella lo besó, a pesar de tener conocimiento estadístico sobre infidelidades, experiencias personales al respecto y estudios neurológicos sobre la influencia de las infidelidades en la ruptura de pareja.
Uno de ellos llegó a pensar que esto le traería problemas en otro tiempo. No le importaba realmente. Sus intereses estaban puestos en lo único que le importaba: el presente, el beso más significativo de todos, el sueño realizado, la eternidad en cada uno de esos segundos.
Ella le dijo que no lo amaba, que no quería nada con él, que sólo amaba a otro, con quien ya tenía planeado casarse, tener hijos, nietos y hasta una parcela común en el cementerio. Incluso le explicó varias veces por qué él no era objeto de su amor: el pelo, la falta de seriedad, el ruido que hace cuando respira, su delgadez extrema, la inhabilidad en plomería, etc.
Él no sentía que ella no la amara: ella movía su boca y pronunciaba palabras, pero él sólo veía algo difuso, incomprensible, inexplicable pero totalmente placentero, cálido, anestésico, suave... Estaba usando el sistema óptico del corazón.
Ella no podía entender cómo él no entendía lo que le estaba diciendo: era tan clara, tan explícita, que hasta un perro la podía llegar a entender. No podía entender que, para él, su boca era música, una música aterciopelada con gusto a miel, aromatizada con el sabor de la corriente de río relajante, cómoda.
Él no experimentaba la necesidad de recibir algún tipo de lección de su parte, no intuía que ninguna palabra fuera suficiente para dejar de amarla, o influirle en algo.
El tonto enamorado se metió en una discusión, o trató de argumentar para llegar a La Verdad. Una vez más sangró palabras de amor, lloró verdades. Bombardeó de sentimientos la trinchera del racionalismo, pero fue inútil. Su atmósfera desintegró toda rareza. Ella le nombró cada uno de los procesos psicológicos, recursos lingüísticos y sentimientos inasimilables. A él seguía sin importarle.
Ella lo besó de nuevo ante un nuevo vacío conceptual. Intercambiaron cadenas bacterianas por vía oral, ejercitaron los 32 músculos de la lengua, segregaron saliva y otras cosas, cerraron sus ojos. Ella llegó a admitir que había detenídose el tiempo.
Para cuando ella volvió a ser ella, ya estaban en su casa. Ella vive sola, así que no había problemas. Terminaron en su habitación. Ella dijo que él se tenía que ir porque iba a venir x persona a hacer x cosa, que no se podía quedar porque su noviazgo estaba comprometido. Ella dijo que no quería nada con él, que no insistiera más porque iba a llamar a la policía, o peor: a su novia. A él no le importaba, aunque eso lo hizo recular una fracción de fracción de segundo.
Ella decía que era muy bueno que él hubiera entrado en razón, mientras traía vino y acomodaba la cama. Él decía que tenía novia, que esto no podía ser, y que se iba a ir en ese mismo momento. Mientras le pasaba la lengua por el cuello, ella movía el índice de un lado al otro, negando que fuera a pasar algo más. Él explicaba que una persona con dos años de noviazgo no le podía hacer eso a su novia, mientras le sacaba la remera y el corpiño, con un poco de su ayuda. Ella insistía en que se retirare, mientras lo abrazaba y aceitaba su cuerpo. Ambos dialogaban sobre lo mal que está ser infiel, mientras frotaban sus cuerpos.
Ella se puso dura y dijo "hasta acá llegamos". Lo miró. Él ya estaba duro, pero sólo llegó a hacer una mueca, una sonrisa de un lado, puso cara de "ni vos te lo creés."
En ese instante se le cayó la bombacha.



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