Muchas veces me pongo a pensar sobre qué son las cosas que me inspiran, y nunca llego a una conclusión exacta, pero sí sé que los altibajos, los picos y las depresiones influyen en algo. Siempre sentí cerca eso de que el arte surge del sufrimiento, pero nunca supe exactamente cómo.
También sé que en estado de cansancio, de exceso de revoluciones y de falta de sueño es cuando la mente más se libera, se rompe el filtro y yo, por lo menos, escribo mejor que nunca. Otras personas en el mismo estado se ríen estúpidamente, por ejemplo.
Lo cierto es que las emociones fuertes son las que hacen que la vida siga adelante. Hubo un año en particular, 2008, que fue especialmente emotivo para mí, para bien y para mal. Me pasó de todo. En el 2009 también, pero funcionó más como una lección que como otra cosa: las consecuencias de lo malo quedaron, y no las emociones en sí.
Por eso existen los deportes extremos: la adrenalina funciona de este modo. Es mejor morirse tirándose por un paracaídas, o andando en bicicleta en el Sur que por haberse clavado un clavo en una biblioteca.
En lo personal, a la hora de haberme roto el hombro, hubo un segundo especial. Fue una fracción de segundo en la que me di cuenta de que el golpe era inevitable. Ese momento, esa milésima de segundo es inexplicable. La toma de conciencia sobre el propio destino mortal o, al menos, frágil, corrompible, es un sentimiento especial. Por eso la gente ve su vida pasar a través de sus ojos. La agonía de una muerte inevitable es horrible si dura más que esos pequeños segundos: se transforma en una espera sin sentido.
Ahora no puedo evitar pensar en mi abuelo, el Tata, quien tuvo una insuficiencia respiratoria hace muy poco. Sintió que se moría. Trató de expresar qué sintió, pero no llegó a abarcarlo completamente. Es horrible no poder transmitir los sentimientos especiales, los que nos sacuden los esquemas, los que, aunque sea por un tiempo, nos sacan de este mundo y nos hacen sentir que estamos vivos. Sobrevivirlos es sólo el primer paso.
Espero que nunca me pase lo que a mi abuelo: la falta de signos para expresar exactamente lo que se quiere, lo, si se quiere, inexpresable. Me aterra que me llegue a suceder algo así, aunque apunto a que sólo lo comprenda quien sintió lo mismo, para lo que sobran o faltan las palabras. Al contar el ataque de un huracán en Miami, sobran las palabras para quien lo vivió, y faltan para quien nunca estuvo allí.
Tal vez no haya vida sin sufrimiento. Tal vez los recuerdos horribles son satisfactorios en algún punto. Tendré que aprender a convivir con ello. Después de todo, vos sabés de qué hablo.



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