viernes, diciembre 24, 2010

Feliz Navidad.

La familia está reunida. Un tío ya está borracho. Las mejillas rosadas y la obesidad infantil están presentes, como la cafeína y los rojos de un viejo barbudo, que en realidad es un joven barbado. Tuvo que disfrazarse y traer regalos porque su pija circuncisa era motivo de exclusión de la fiesta Pagana.
Los platos fríos atoran y saturan a los comensales, falsos familiares familiarizados con la falsedad anual se saludan como Judas.
El neonato es olvidado en su cuna; un gordo acaparó toda la atención, con mitos y capitalismo, la religión con más fieles hoy en día.
Los espumantes burbujean la pirotecnia de una cuenta regresiva que precede a gritos y regalos.
Tres reyes pierden su estrella entre tanta pirotecnia. Melchor se desmaya del calor: alerta amarilla; esperaban nieve: no sabían que acá en diciembre es verano.
Peregrinaciones a monumentales templos posmodernos de consumo se suscitan en una euforia religiosa cíclica. Los más Altos, en Avellaneda y Palermo, no dan Abasto.
Algunos comen uvas, muérdagos hacen besar murciélagos, mientras moribundos amores renacen a medianoche, entre bomboncitos y baba.
Saturno putea a Jesús, quien putea a Papanuétl (una divinidad maya.) Todos los dioses olvidados resurgen en el verano subecuatorial, pero morirán otra vez cuando caigan las hojas, o antes, cuando las hojas de plástico imperialísticamente nevadas sean devueltas al clóset, al depósito, o al armario del olvido anual.
Un buen ejercicio sería pensar: ¿dónde nacería Jesús hoy? ¿Quiénes no creyeron en él en su momento? ¿Nosotros de qué lado estamos? No nos creamos que va a nacer en Caballito, en una familia de clase media-alta, en una segmentación de mercado C1...
Todos conocemos la respuesta.
Feliz Navidad.

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