No sé cómo, pero resucita siempre. Nunca murió. Siempre estuvo latente, expectante, agazapado. Sigilosamente me ataca de nuevo, y es en vano luchar. Soy presa nocturna. Conoce mi anatomía, le apunta a la yugular. Me desangro y ella bebe mi sangre y come mi carne. Desgarra mis músculos y disfruta de la presa. Nunca pensó que iba a comer tan bien todos los días, todas las noches.
La culpa es mía por no oponer resistencia, por creer que el sol me va a purificar, a devolverme la luz, la Razón, esa cosa tan exacta, fría y calculada que no le deja lugar a la violación voluntaria que padezco cada vez que la veo; la corrupción de la carne que me hipnotiza y esclaviza con mi consentimiento.
Yo no quería, pero sus ojos pueden más, su boca susurra boludeces hermosas, mientras me mira y ambos sabemos lo impune de nuestro delito. Nos declaramos culpables, alegando demencia, emoción violenta y toda esa mierda.
Mañana nos arrepentiremos, supongo.



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