Se despertó desorientado y miró a su alrededor. Hacía rato que había dejado de soñar. No se podía mover. Escarcha, nieve y ventisca.
¿Estaba en su cama? Sí. ¿Era invierno? No. ¿Moriría de frío sin poder siquiera moverse? Sí. intentó respirar, y tosió hielo. Le salía humito de la boca. En algún momento recordó que su cuerpo estaba a 37ºC, y que no podía hibernar, menos en enero, menos en Buenos Aires, menos luego de una noche ardiente de sexo vacío.
Recién ahí recordó a su chica. Era su novia. La llamó con un grito desesperado. Respondió el eco. La llamó de nuevo, tomándose la molestia de pensar si ése era el nombre correcto, si él era quien creía que era, y si existía un mundo fuera de sí, independientemente de la pesadilla de la inmovilidad.
Ya con su brazo descongelado se tanteó la cara, se tocó el cuerpo y con la poca sensibilidad que tenía comprobó que estaba entero.
Podía ver los primeros rayos de sol entrando por las rendijas de la persiana, que al pasar por el cenicero de vidrio formaban una perturbadora mancha arcoiris.
Podía escuchar algunos ruidos de la calle, y sus propios insultos. Podía escuchar sus pensamientos, pero cada tanto un auto con música fuerte lo distraía. Tarareaba y maldecía las canciones de los vehículos.
Podía oler las últimas cenizas de un sahumerio que había prendido la noche anterior, tal vez de canela. ADemás había un dejo de perfume de mujer: era el aroma del amor, del no amor, de la lujuria: el de su novia, la que lo había abandonado.
Finalmente se liberó el torso y empezó a hacer fuerza con las piernas. No sentía los dedos de los pies, pero ahí estaban.
Tal vez ayudó el sol en el derretimiento del bloque gélido. Salió de la habitación y gritó el nombre de su mujer. Ella no estaba. Intentó llamarla por teléfono, pero nunca encontró su celular. Salió de su casa para ver si todavía existía el mundo, si no se había congelado todo.
Todo era normal, pero él todavía echaba humito. Estaba agitado, puteando por dentro y por fuera. Corrió una cuadra, pero no había nadie alrededor. Recién a la cuadra siguiente vio a un portero manguereando la vereda.
Recordó dónde podía estar su celular y volvió a su iglú. se resbaló dos veces, pero no se rió de sí mismo por el tropezón. Maldijo y blasfemó como nunca antes, hasta que aprendió que tenía que caminar con más cuidado.
Ahuyentó a un oso polar que revolvía su basura, y se preparó un huevo frito de pingüino. Mientras se hacía se le ocurrió ir al garage, para ver si su chica se había ido, y si se había llevado el trineo. Por suerte, estaba todo en orden.
Terminó de comer, pero le dio frío, por lo que abrió la heladera para calentarse, de donde sacó una gaseosa que estaba congelada, y la calentó a baño maría con orina. El inodoro no sirve si el agua está en estado sólido.
Fue al kiosco a comprar pastillas de mentol, a las que tal vez era adicto. Pagó con cambio y volvió a su casa. Ya era media mañana, y el sol calentaba toda la Ciudad, o casi.
Se fue a bañar y al prender el calefón encontró una nota de su novia: "Te dije que nuestra relación era muy fría, que no íbamos a llegar a ningún lado. Te dejo. Es al pedo seguir así. Supongo que no te va a doler, porque esto no daba para más."
Puteó. Mucho. A ella. A Dios. Se puteó como nunca y trató de entender qué había hecho mal. La acusó de infidelidad, la maldijo. Pensó que seguramente estaba con otro, en ese mismo momento, de hecho. Se la imaginó en una orgía con todos hombres, lujuriosa, en celo. Se hizo toda la película y se sintió cornudo como un ciervo.
Cuando se dio cuenta de que era en vano lamentarse, entró al baño. Se preparó la toalla y corrió la cortina para meterse a la ducha. En la bañadera encontró el cuerpo de su novia. Pensó que se había suicidado.
La autopsia arrojó la causa de su muerte: hipotermia.



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