Se conocieron por ahí. Nunca se sabe cómo. Él le habló de lo mismo, y ella también. Ni se esforzaron en cambiar sus discursos por el interlocutor de turno. Él le hablaba de los diferentes huesos del cuerpo, y ella de la relación entre la música actual y la sociedad que esa música representa. No estaban mintiendo, sólo eran demasiado orgullosos de esos aspectos de su vida, y era casi de lo único que hablaban. Estaban más con la otra persona por la extensión del ego propio que por otra cosa; el ego narcisista que hace sentir bien a uno con uno, que, en última instancia es lo que el amor representa: la felicidad propia para ser compartida.
La relación avanzó. A él le cayó mal su suegra; a ella ya le caía mal su madre, así que no había problema con esto. Se compraron un perro y se regalaron baratijas significativas cumplido el mes de noviazgo.
Su relación, si bien superficial, carecía de sexo. Con el tiempo fueron postergándolo para seguir masturbándose, que es la mejor forma de sexo que tiene un ególatra.
La noche en que sucedió fue horrible. Ella tenía mucha presión; él tomó viagra por las dudas. Ella postergó el momento cuanto pudo, pero llegó. Estaba acordado previamente.
Pasó en la casa en desuso de una tía de él. Les prestó la casa "de onda", previo acuerdo de limpieza irónicamente inmaculada.
La chica era realmente hermosa, pero tenía un problema de autoestima. Creía que era hiperobesa, cuando en realidad, su peso estaba bien en términos médicos, más allá de lo que digan las construcciones culturales. Creía que tenía caderas demasiado grandes, y se trataba de tapar con lo que podía.
Podría haberse paseado desnuda por la casa, podría haber hecho cualquier cosa en ese estado. Podría haber tenido el mejor sexo de su vida. Sin embargo, ella se inhibió. Tenía un camisón especial para la ocasión, pero se sentía horrible. La imagen en el espejo era un cuadro de Botero.
Se encerró en el baño y decidió no salir hasta que estuviera apagada la luz. Él le gritó que saliera, preguntó qué pasaba y le tuvo miedo a Andrés. Ella salió llorando y le explicó.
— ¡Mirá mis caderas!
— Ya las vi. Ahí apoyo las manos cuando caminamos por la calle.
— ¡Son horribles!
— ¡¿Y qué tiene?!
— ¡No me dijiste que no! ¡Pensás que son horribles!
— No... Mirá: muchas personas piensan que son horribles, que tienen el pene pequeño, las tetas muy chicas o muy grandes, los labios desagradablemente carnosos, las piernas muy gordas o muy flacas, muchos rulos, poco pelo... Lo que importa es otra cosa. A mí no me importa que vos tengas caderas grandes o piernas muy flacas... Además, ¡qué me queda a mí, entonces!
— ¿Vos pensás que tengo las piernas muy flacas? ¡Soy un monstruo! Andate. No me mires más.
— Ya las vi. Ahí apoyo las manos cuando caminamos por la calle.
— ¡Son horribles!
— ¡¿Y qué tiene?!
— ¡No me dijiste que no! ¡Pensás que son horribles!
— No... Mirá: muchas personas piensan que son horribles, que tienen el pene pequeño, las tetas muy chicas o muy grandes, los labios desagradablemente carnosos, las piernas muy gordas o muy flacas, muchos rulos, poco pelo... Lo que importa es otra cosa. A mí no me importa que vos tengas caderas grandes o piernas muy flacas... Además, ¡qué me queda a mí, entonces!
— ¿Vos pensás que tengo las piernas muy flacas? ¡Soy un monstruo! Andate. No me mires más.
— Yo no dije eso. Dije que no me importaba.
Y así siguieron un rato largo hasta que ambos se cansaron del llanto y se acostaron.
Ella pensaba que su busto era muy pequeño, pero aparentemente a él no le importó: comenzó por ahí. Siguió por todas las partes hermosas de su horrible cuerpo, y terminó en el Cielo.
No hablaron más del tema. A él no le importó ninguno de sus defectos. No porque la amara, sino porque nunca bajó de sus ojos. Ella tenía en los Ojos las caderas de Cleopatra, las piernas de Venus, la Cintura de Mae West y la sensualidad de Brigitte Bardot.
Ellos fueron desinhibiéndose con el tiempo. Expresaron su amor de todas las formas posibles, y sus caderas dejaron de ser un problema para ella. Para él nunca lo habían sido.
Ella comprendió que su cuerpo era suyo: tenía que disfrutarlo ella, y nadie más que ella. Sus inhibiciones le habían hecho estar a la defensiva toda su vida. La habían perjudicado en su vida social, y le habían cortado casi toda su vida sexual.
La inseguridad está en todos lados: la alta quiere ser más petisa, la petisa usa tacos de 20 centímetros, la "gordita" (estereotipo horrible si los hay) quiere que se le marquen las costillas, la que tiene tetas se saca, la que no tiene se pone, la narigona se la lima, la que no la tiene no tiene personalidad, la rubia quiere ser morocha, la morocha quiere ser rubia... Y, probablemente, todas sean hermosas a su modo.
El autoboicot había estado siempre presente hasta ese momento, en el que comprendió que arriba de la cama no hay títulos de nobleza: lo que no es visiblemente lindo, puede serlo al tacto; si no se siente suave, siempre puede ser rico.


